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Notas de prensa

16/12/2009, EL COMERCIO

La unidad feliz de Ariodante

El matrimonio operístico entre escena y voz, teatro y música, muchas veces es la antesala del divorcio. Cada uno va por su camino. Por eso, no son frecuentes las representaciones en las que la escena complementa, visualiza y refuerza a la música. Uno de esos ejemplos, 'rara avis' de esta conjunción feliz, es, precisamente, esta 'Ariodante', de Häendel, la ópera que esta semana se representa en el Teatro Campoamor. Como en un complejo puzzle, todas las piezas encajan en una representación compacta, efectiva en cuanto a una teatralidad muy dinámica, y afectiva en cuanto a la expresividad musical.
Pocas veces se ha aplaudido, incluso con bravos a un director de escena y a su equipo como en el Campoamor. Gustó la dirección de Andrea Marcon por su vitalidad, intuición dramática y el tiempo general, como un concierto en tres movimientos, que imprimió a la representación. Rápido, en el primer acto; intimista en el segundo; presto en el final. Gustó la escenografía de MacNeil por su belleza plástica y su carga simbólica -la bóveda del palacio inclinada y retomada como una especie de navío invertido en el segundo acto- siempre sugerente; gustó el juego de luces, proyectándose en ocasiones hacia el patio de butacas del teatro, de Goebbel y gustó la coreografía de Keegan-Dolan, libremente contemporánea y al mismo tiempo con una vaga elegancia cortesana dieciochesca. Pero lo esencial, es que todos estos elementos estaban al servicio de la música y de las voces, protagonistas absolutas de Ariodante.
Ariodante es un personaje que encarna el bien, la virtud, y la belleza. Alice Coote transforma en este papel la virtud en virtuosismo y la belleza en sentimiento. Expresividad, color, fantasía vocal en las últimas secciones de sus arias, seguridad y capacidad de convencer y emocionar. Esos fueron sus poderes, puestos sobre todo de manifiesto en el aria 'Scherza infida'. Un aria que dentro de unos pocos años será tan popular -musicalmente es mejor- que el famoso 'lascia chi'io pianga' de Rinaldo.
Verónica Cangemi, pese a una leve opacidad en los agudos, es una Ginevra convincente y doliente. Conmovedora en el segundo acto, delicadísima en los dúos y además, se mueve como una bailarina. Al igual que Sarah Tynan, muy segura en su papel de Dalinda, tratado con versatilidad y gracia.
La experiencia
La individualización de diferentes voces de similar tesitura no es fácil de conseguir. Y, sin embargo, Marina Rodríguez-Cusi, con un timbre metálico, dio esa personalidad acerada y oscura del personaje. Paul Nylon representa el papel de Lurcanio desde que la ópera se recuperó en 1993. Como se sabe, la experiencia es un grado, aunque también el tiempo, pasa factura. Se entregó a su papel, se le fue la voz ligeramente en su aria de salida, en el primer acto, pero siempre estuvo convincente como actor y como tenor.
Finalmente, Marín-Royo es un bajo en continuo ensanchamiento de la voz. Muy contundente en los recitativos, excesivamente ceremonioso en las arias, gustó, especialmente en el acto tercero, en el que se debatía entre el amor de padre y la obligación real.

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